Irrational belief #7: La idea de que las personas que se comportan de manera estúpida o negligente con nosotros son intrínsecamente malas y estúpidas, en lugar de pensar de que se comportan así por los pensamientos neuróticos que les trastornan y que no saben manejar (ni reestructurar), lo que hace que en lugar de nuestro castigo y rechazo lo que necesitan (realmente) es ayuda.
La falta de flexibilidad y los dogmas no son otra cosa que el miedo profundo de un ser humano ante un peligro potencial que deberá sortear, de una manera o de otra, tarde o temprano, en la vida. Machacar a las personas o pisotearlas no hará más que estropear aún más el problema. Lo sensato sería pensar que ciertos comportamientos podrían tener repercusiones negativas en nuestra vida, pero que, en ningún caso, esas cosas deberían dejar de existir ni tener lugar, porque aunque son cosas potencialmente negativas en la vida tiene que haber de todo y por mucho que nos empeñemos eso no va a cambiar, con lo que mejor sería que aceptáramos la realidad tal y como es y pusiéramos los pies en tierra, tomando nuestra posición y haciendo honor a nuestros valores. Los comportamientos no hacen a las personas malas – ni buenas – sino que desde que somos seres humanos nos comportamos bien y en otras ocasiones nos comportamos mal, y eso no hace que seamos peores – ni mejores -.
Es bueno poner tierra de por medio en ocasiones, pero no lo es tanto tachar a las personas ni etiquetarlas por nada, ya que nadie es nada al 100% y todas las personas que hacen algo mal hacen a su vez también algo bien.
Intentar – estúpidamente – negar esa realidad no es otra cosa que intentar creerse mejor persona a costa de los otros, lo que es, desde un punto de vista objetivo, antiético y amoral.
En las manos de cada uno de nosotros está el poder de tomar una perspectiva saludable de las cosas, y aprender que las cosas no son blancas ni negras.
El día que el ser humano deje de intentar – empecinada y temerosamente – creerse mejor que los demás, y dejar de pensar que ciertas cosas no deberían existir (sólo porque a uno mismo le parezca, como mandato divino, que las cosas no deberían ser así) el mundo funcionará mejor, existirán menos dogmas, violencia y desigualdades, porque muchos comen a costa del hambre de otros, para luego darse cuenta de que vivir a costa de los demás no es la mejor forma de vivir.
El ser humano ha escogido el camino del altruismo y de la solidaridad que tanto nos separa de los homínidos, pero, sin embargo, todavía nos quedan reminiscencias en el hemisferio derecho del cerebro que nos hace desconfiar del otro y mirarle con cara de desconfianza. No es malo – ni bueno – que esto sea así, porque es así como es, pero sí lo es dejarse llevar por ello y vivir con instintos que hoy en día son de por sí innecesarios y obstaculizantes.
Mientras no aprendamos – sí, yo también – a no buscar nuestro bien a costa del dolor de los demás no habremos aprendido la lección más importante que nos deja el siglo XX, y que se cobró la vida de tantas personas sea por su ideología, religión, o creencias.
El dolor y la alegría vienen de la mano de la realidad, y son partes necesarias de la vida. La irracionalidad y el sufrimiento no son parte de la vida, sino fruto de la desconexión de nuestra cognición con la realidad, es decir, del alejamiento de nuestro pensamiento de lo que realmente está ocurriendo y es.
En definitiva, el sufrimiento no forma parte de la vida (sana) de las personas, y la buena noticia es que en nuestra mano está erradicarla de raíz de nuestras vidas y abrirnos hacia el camino de la tolerancia y la razonable satisfacción con nosotros y con la vida.